domingo, 6 de septiembre de 2009

XXII

Claudio Veiga (der.) con Pablo López.

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Pablo López es taoísta y un experimentado

karateca y practicante de artes marciales chinas internas,

además de creador del Sistema de Defensa Personal Extrema.
Con Pablo nos conocimos hace 35 años en el
Polideportivo de Pque. Chacabuco,
cuando ambos comenzamos a practicar
Karatedo Shudokan Kenshukai
a las órdenes del Maestro Jorge Nicolás Gallo.

Hace días volvimos a encontrarnos en el marco
de varias exhibiciones de AA MM que ofrecieron en
Pque. Chacabuco, escuelas que funcionan gratuitamente
en distintos polideportivos de la Ciudad de Bs. As.
Una alegría personal saber que continúa plenamente activo,
principalmente orientado a las clases
particulares de Karatedo y protección y custodia VIP.

Quienes visiten su blog
podrán apreciar su trabajo y realizarle las consultas necesarias

Pablo López (izq.), con el

Maestro Jorge Nicolás Gallo.

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jueves, 20 de agosto de 2009

XXI


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XX


Ryu Kyu Te / Mano de Ryu Kyu
(Caligrafía de Oyata Seiyu)

jueves, 4 de junio de 2009

ADIOS PEQUEÑO SALTAMONTES:


A LOS 72 AÑOS,
MURIO DAVID CARRADINE
El adiós de Kwai Chang Caine

Fue su personaje más célebre, pero estuvo muy lejos de ser lo único que hizo:
Carradine no sólo fue una figura de la contracultura,
sino que también actuó a las órdenes de Ingmar Bergman.
Y, claro, fue el Bill de Tarantino.


Las filmografías atestiguan que hizo más de cien películas
e incontables programas de televisión,
pero el público lo identificará para siempre como Kwai Chang Caine,
el impasible monje budista de la serie Kung Fu,
que en los años ‘70
–cuando el hippismo fue definitivamente asimilado por la sociedad del espectáculo–
supo instalar en el imaginario colectivo la idea de que
artes marciales y paz espiritual podían ir de la mano.

La muerte encontró el miércoles a David Carradine
en la habitación de un hotel en Bangkok,
donde el actor estaba filmando una película para el productor Chuck Binder,
quien descubrió su cuerpo sin vida.

Según el diario tailandés The Nation,
que cita fuentes policiales, Carradine se habría suicidado.

Tenía 72 años, cinco matrimonios, cuatro divorcios
y toda una leyenda asociada a su linaje familiar
y a su perfil como figura de la contracultura
de la escena estadounidense.


Hijo de John Carradine,
uno de los grandes actores de reparto
del Hollywood de la era de oro,
David –nacido el 8 de diciembre de 1936– heredó de su padre
no sólo un rostro que parecía tallado a cuchillo
sino además una vocación por el cine que también
pegó en sus hermanos menores, Keith y Robert Carradine,
y que él a su vez transmitió a sus hijas Calista y Kansas, también actrices.

Nacido en Hollywood,
David estudió en la Universidad de San Francisco,
primero teoría y composición musical para inclinarse luego
por la carrera de Arte Dramático y hacer sus primeras armas
en una compañía estudiantil shakespeariana.

En 1965, ya en Nueva York,
la repercusión que tuvo en Broadway
su protagónico en The Royal Hunt of the Sun,
donde interpretaba a un joven rey inca,
lo devolvió a Hollywood, donde enseguida encontró lugar
en incontables series de televisión,
desde La ley del revolver hasta Ironside pasando por Galería nocturna.


El protagónico de Kung Fu

–que le valió un premio Emmy al mejor actor
por la primera de sus tres temporadas–
coincidió a su vez con una de sus películas fundamentales,
Pasajeros profesionales (Boxcar Bertha, 1972),
uno de los mejores y menos conocidos films de Martin Scorsese.

Allí, con producción de Roger Corman y junto a Barbara Hershey,
daba vida a un indómito líder sindical enfrentado a
la violenta corporación del ferrocarril durante la Gran Depresión,
un luchador que terminaba
–en una metáfora católica típica del cine de Scorsese–
crucificado en un vagón de carga.


También con producción de Corman filmó a las órdenes
del director Paul Bartel la fantasía futurista Death Race 2000 (1975)
y la road movie Cannonball, carrera contra la muerte (1976)

Pero Carradine daría un nuevo salto en su carrera
cuando se puso en la piel del mítico trovador Woody Guthrie en Bound for Glory (1976),
de Hal Ashby, donde reforzó su identificación entre persona y personaje,
un rebelde dando vida a otro legendario rebelde.



Inmediatamente después, Carradine fue convocado
por el gran director sueco Ingmar Bergman para El huevo de la serpiente (1978),
donde interpretó a un acróbata de circo estadounidense
perdido en la República de Weimar de 1923,
acosada por la inflación y los primeros signos de un nazismo incipiente.

Que Bergman pusiera a su musa Liv Ullmann
como coprotagonista da testimonio de la confianza
que tenía en Carradine, quizás no tanto por su virtuosismo dramático
como por su fuerte personalidad y potente presencia en cámara.


Ese temperamento volvería a ser clave en Cabalgata infernal (1980),
notable western dirigido por Walter Hill en el cual Carradine
interpretó a Cole, el mayor de los hermanos Younger,
integrantes de la famosa pandilla de Frank y Jesse James.

En un hallazgo de casting,
todos los actores también eran hermanos,
con lo cual David pudo reunirse con Keith y Robert,
a la par de James y Stacey Keach,
todos vistiendo unos ominosos capotes grises que
volaban sobre sus monturas mientras se enfrentaban a los tiros
con los representantes de la ley y el orden.



En 1983, Carradine produjo y protagonizó
su única película como director, Americana,
sobre un veterano de la guerra de Vietnam
que no encuentra su lugar en la sociedad.

Todo lo que hizo después fue mucho y escasamente relevante
hasta que Quentin Tarantino lo rescató de ese limbo
y le dio un lugar de privilegio en las dos partes de Kill Bill (2003-2004)

Es verdad que allí no salía demasiado (casi nada en la primera),
pero era el peso de su sombra lo que importaba.

El Bill de quien La Novia (Uma Thurman) se quiere vengar hasta matar,
el primer motor de su odio, es nada menos que David Carradine,
el mismo que el miércoles apareció colgado de una soga
en la suite de su hotel en Bangkok.




miércoles, 3 de junio de 2009

XIX

TOYAMA Seiko Sensei.

SHINJO Kiyohide Sensei.

Uechi ryu Karatedo.

martes, 2 de junio de 2009

XVIII




Del Full Contact, lo que sobrevive es el “espíritu” ,
su auténtica búsqueda de la efectividad deportiva,
a través de una práctica viril y contundente.
En ese sentido, hubo un antes y un después del Full Contact.
Sin el Full, la posterior explosión de los DD. CC.,
no hubiese existido, al menos no así como se dio.
El Kick Boxing, el Thai Boxing, el Grappling, el Vale Todo,
indudablemente se beneficiaron del terreno antes arado,
por el Full Contact.
Incluso las Artes Marciales autodenominadas tradicionales
fueron notoriamente influidas por el Full.
Nada volvió a ser lo mismo y estas tuvieron que incorporar
al menos cierto grado de contacto a la práctica. Casi todas.

Salvo algunos bolsones que se mantuvieron
patológicamente fijados a la tradición y aún continúan así.
Pero su práctica semeja más a una clase
de Arqueología o Paleontología, que a la de un Arte de Combate.
Incluso una disciplina tan tradicional como el karate,
en algunos casos incorporó reglamentos deportivos,
como el de Daido Juku Kudo Karate, por ejemplo,
que utilizando protecciones, compiten a contacto pleno y en las tres distancias:
de pie, derribos y piso.
Algo impensable,
antes del Full Contact y,
más acá en el tiempo,
antes del Vale Todo.

En cambio como especialidad, “como reglamento”,
el Full Contact está en retroceso;
no extinguido, pero casi.
El Full Contact, como un exquisito deporte de combate,
legado de Occidente, basado en boxeo inglés y patadas
propias de las artes marciales,
aunque adaptadas al contacto pleno,
no atraviesa su mejor momento.
Tal vez, el peor, desde su nacimiento.
Y no es casual.
Para hacer Full Contact, hay que saber.
Hay que saber boxear bien,
y patear bien, para ser efectivo “en un pedacito”,
que va de la cintura para arriba
(si exceptuamos las barridas)
No es para cualquiera.
Hay que saber en serio.
Y llegar a saber en serio requiere tiempo,
dedicación y la guía de un Maestro idóneo
¿Cuántos de esos Maestros hay actualmente?
¿Y cuántos chicos quieren dedicar tiempo a perfeccionarse?
Muy pocos.

Los ´90, con su credo de supuesta eficacia,

pero real inmediatez, superficialidad y falta de ética,
impregnaron todos los órdenes de la vida.
También, por lo tanto, los DD. CC.
Así se priorizó la práctica de un Kick Boxing “europeo”,
que “fabrica competidores como hamburguesas”.
En tres meses un chico tiene que subir a un ring,
a tirar low kick y zapallazos
¿Qué otro recurso puede dominar en tres meses?
No importa, dicen. Lo que importa, agregan,
es hacer torneos, y para eso se necesitan competidores.
Lamentablemente, la mentalidad de “comida rápida” infectó todo;
también, la formación de competidores.
Es una vergüenza, pero es así.

miércoles, 25 de febrero de 2009

XVII.

AUTODEFENSA.
-Defensa Personal Real, callejera-

“Todo el cuerpo es arma”



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Cuando aquí hablemos de Autodefensa,
estaremos utilizando el término como sinónimo
de Defensa Personal Real, callejera.

Ahora bien, estrictamente hablando, la Autodefensa y Seguridad,
o la Autodefensa y Tiro, es una especialidad en si misma,
un sistema de entrenamiento con características totalmente propias.

Con el paso del tiempo, habiendo aumentado los
niveles de inseguridad en la sociedad,
la Autodefensa como sistema,
fue siendo aceptada sin reservas por casi todos.

Los cuestionamientos a su especificidad –y necesidad-,
fueron en general quedando definitivamente atrás,
afortunadamente lejos en el tiempo,
como tantas otras objeciones sin sentido.

No obstante persiste, hay que decirlo,
una cierta confusión en aquellos que comienzan
a interesarse en el tema,
acerca de lo que propone la Autodefensa como sistema concreto,
confusión seguramente provocada por la
visualización y utilización de armas, blancas y de fuego.

A primera vista, éstas pueden aparecer como la principal opción.
Pero por supuesto que no es así.



No es esa la idea que se intenta trasmitir,
cuando de civiles se trata.

La portación de armas, está ligada, por un lado,
a Fuerzas Armadas, de Seguridad y a un número
muy limitado de personas legalmente autorizadas
a tenerlas en la vía pública.

Por otro, a la delincuencia.


Es decir: en la totalidad de los casos,
quienes somos simples ciudadanos,
ante una agresión callejera –que casi siempre será armada-,
tendremos que hacer frente a la situación,
a “mano desnuda”, sin armas, como enseñan,
o deberían hacerlo,
las distintas Artes Marciales y los Deportes de Combate,
fuentes de todos los sistemas de Autodefensa y Seguridad conocidos,
en lo que a lucha cuerpo a cuerpo sin armas, refiere.


   De ahí la vigencia –cuando de 
autodefensa se trata-
de la antigua sentencia marcial que
abre éste texto: “Todo el cuerpo es arma

Ciertamente, es imprescindible conocer el funcionamiento
y características de las armas tipo,
aquellas que eventualmente podríamos vernos forzados a enfrentar.

Absolutamente conveniente capacitarse en su uso,
a través de un Instructor idóneo, acreditado,
que permita posteriormente tramitar la credencial de legítimo usuario.

Es recomendable –aquí y ahora- la tenencia particular (domiciliaria),
responsable, de armas autorizadas, de uso civil,
debidamente registradas y para legítima defensa propia.

Pero digámoslo otra vez, con todas las letras:
en la calle, en caso de necesidad,
cuando sea absolutamente inevitable reaccionar ante una agresión criminal,
nuestra única arma, será el propio cuerpo.

Sin desconocer los esfuerzos que se realizan
-especialmente en los últimos años-
desde las administraciones nacional y provinciales de gobierno,
a nadie escapa que la violencia criminal
(agravada por la miseria material que llevó
a la degradación social de las personas),
continúa instalada entre nosotros.

Y el tipo humano que actualmente provoca los
hechos de violencia delictiva,
reúne características muy especiales.

Es francamente difícil imaginar la posibilidad de razonar
con tales individuos, de la misma o similar forma
que con otros comunes mortales.

Inmersos en realidades completamente diferentes a las que conocemos,
y muchas veces estimulados (a la vez que anestesiados)
por el consumo indiscriminado de sustancias,
suponer que asignamos el mismo valor a la vida humana es,
por lo menos, temerario:
“se asesina por un par de zapatillas o por unos pocos pesos,
y a veces, hasta sin razón, dado que la víctima
no ofreció resistencia alguna.
Muchos de estos delitos son cometidos por
menores de doce o trece años, fuertemente armados (...)
Los secuestros de tipo express o los extorsivos afectan tanto
a personas adineradas como a aquellas de condición humilde.
Algunas veces terminan con el asesinato o la mutilación
–una brutal prueba de vida- de la víctima (...)
Generalmente la víctima primaria es el ciudadano particular,
el hombre la mujer y los niños,
quienes se mueven diariamente atendiendo
sus obligaciones de trabajo o estudio”


Esta es la auténtica realidad a la que muchas
veces estamos expuestos, los ciudadanos comunes.

¿Cuál es entonces la alternativa?

Indudablemente, corresponde a las autoridades constitucionales
garantizar la seguridad de las personas.

Es su deber, y es un derecho irrenunciable
de los ciudadanos exigirla.

No obstante, todavía es común en Argentina que el Estado
garantice solo deficientemente éste derecho,
pero a la vez castigue a quienes lo ejercen en defensa propia,
argumentando un supuesto “exceso de legítima defensa”

Así las cosas, el ciudadano común suele verse
“atrapado entre dos fuegos”;
el de la delincuencia, por un lado,
y del poder estatal, por otro.

Esto no debe ser así.
Nadie reclama a las autoridades que eliminen
completamente el delito.

Ninguna sociedad lo ha logrado plenamente.

Dentro de ciertos límites,
el accionar criminal es un componente de la realidad,
prácticamente imposible de erradicar.

Lo verdaderamente dramático en Argentina
es el hecho de que convertirse en una víctima no solo es posible
–es decir, en los exactos límites en que lo es en cualquier
sociedad civilizada del mundo-, sino altamente probable.

Y esto es inaceptable.

Por lo tanto, en el plano personal,
se vuelve inevitable entrenar la capacidad
de provocar una respuesta técnica concluyente.

En el caso de una concreta agresión criminal, es decir,
cuando esté indudablemente en juego la propia vida
o la de los afectos próximos,
ser capaces de producir en legítima defensa,
acciones terminantes, sin utilizar otra arma que el propio cuerpo.

Sobre estas variables,
es que trabajan los Profesores e Instructores de los
distintos sistemas de Autodefensa y Seguridad,
y también deberían hacerlo,
los Maestros de Artes Marciales y Deportes de Combate.

Porque no se trata de proponer la pura violencia.

Se trata simplemente, de elegir la vida.