sábado, 24 de abril de 2010

XXXIII


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domingo, 28 de marzo de 2010

XXXII

STEVE ARNEIL:
POR LA SENDA DE MAS OYAMA


Kyokushin es el estilo de karate japonés
sistematizado por el ya legendario Mas Oyama.

Dueño de una concepción personal sobre la práctica de las artes marciales,
supo amalgamar en un todo único
el deporte espectáculo con la eficacia absoluta,
sin desmedro de la experiencia Zen,
imprescindible en la formación integral del moderno budoka.

Famoso por su técnica y potencia letales,
a punto tal de matar un toro utilizando sólo sus puños,
supo también construir una de las más
grandes organizaciones del karate mundial.

Sus discípulos, poseedores de una fama que los ubica
entre los mejores peleadores del mundo,
supieron acompañar al Maestro en la organización institucional del estilo:
La Organización Internacional de Karate.
Entre ellos, Hanshi Steve Arneil, 8º Dan,
quien llegó en marzo de 2000 a Buenos Aires
para dictar un seminario de Karate Kyokushin,
abierto y para todos los niveles.
Durante su estadía, el Maestro accedió a conversar con EL TRAINER.

E.T.: ¿Cómo se inicia en la práctica de kyokushin con Sosai Oyama?

H.S.A.: Me inicié en kyokushin porque se dieron algunas coincidencias.
Viajaba por extremo oriente y al llegar a Japón, conocí a Mas Oyama.
Siendo muy joven empecé boxeando, pero mi madre, que era médica,
no estaba conforme con que recibiera golpes,
particularmente en la cabeza.
Dejé el boxeo y empecé a practicar Judo.
Vivía entonces en Rhodesia del Norte, Africa central,
y quien me enseñaba Judo tenía un comercio.
Yo lo espiaba escondido entre los árboles,
mientras él practicaba en los fondos del negocio.
Estaba fascinado, aunque ignoraba qué era lo que practicaba.
Le estudiaba todos los movimientos.
Él sabía que yo lo observaba y un día me llamó; me preguntó porqué lo espiaba.
¨No sé¨ le dije. ¨Usted hace cosas raras que no alcanzo a comprender¨.
Entonces me propuso enseñarme.
Acepté de inmediato.
Cuando le pregunté qué era lo que estaba practicando,
me respondió: ¨una forma de lucha y de disciplina. Es como una religión.¨
Era Shorinji Kempo.
Así comencé.
Entrené con este instructor chino durante algún tiempo.
Pero me enseñaba movimientos sueltos,
sin ninguna sistematización.
Después fui encontrando gente que había hecho otros estilos de karate.
Además practiqué rugby paralelamente a las artes marciales.
Cuando terminé mi carrera universitaria a los veinticinco años aproximadamente,
viajé a Sudafrica, a la ciudad de Durban,
que es una zona costera del océano índico.
En ese momento, muchos japoneses emigraban a Brasil,
y los barcos que los transportaban,
hacían escala en el puerto de esa ciudad.
Yo subía a los barcos y preguntaba a los tripulantes si alguno practicaba karate.
Así pude practicar varios estilos:
Goju Ryu, Shotokan, Wado Ryu y satisfacer en parte mis inquietudes.
Cuando volví a Rhodesia del Norte hablé con el instructor chino.
Le dije que había aprendido muchas cosas con él y en mi viaje,
pero que estaba buscando otra cosa.
Algo más integral, sistemático, metódico.
Y que, como parte de esa búsqueda, pensaba viajar a China.
Lo hablé también con mi madre y me respondió que estaba loco,
que iban a ¨comerme crudo¨ en China.
Pero yo sentí que debía hacer ese viaje.
Volví a Durban y conseguí trabajo en un barco chino,
valiéndome de mi título de ingeniero mecánico.
Empecé el recorrido hacia Mombasa y luego hacia la India.
Después Hong Kong. Desde allí a Manchuria.
Encontré el templo de Shorinji Kempo del que me había
hablado mi instructor chino.
Los monjes me aceptaron y permanecí con ellos.
Fue una experiencia fantástica, interesante.
Y fue la primera vez que vi combate muy fuerte.
El Shorinji Kempo es sumamente fuerte.
China estaba muy convulsionada políticamente
y era disposición del gobierno que todos los extranjeros abandonaran el país.
Los monjes me acompañaron hasta la frontera,
resguardando mi seguridad.
Volví a Hong Kong, donde seguí practicando.
Viaje luego a Filipinas.
Allí aprendí las artes marciales locales.
Y el uso del cuchillo principalmente,
con el que son muy buenos.
Pasé a Malasia, luego a Corea.
Practiqué la forma coreana de defensa personal
que todavía no era Taekwondo.
En China, considerando mi personalidad,
me habían sugerido que me sentiría cómodo practicando
con una persona que vivía en Japón.
Entonces escuché por primera vez el nombre de Oyama.
Viajé a Japón pero empecé nuevamente Judo en el Kodokan.
También practiqué Shotokan.
Wado Ryu con Otsuka, Goju Ryu con Yamaguchi.
Pero nada me convencía completamente.
Tenía muchos problemas con el idioma,
ya que había muy pocos extranjeros en Japón,
en ese momento.
Uno de ellos era Don Draeger,
coronel retirado de la Armada norteamericana.
Un artista marcial muy bueno y muy famoso.
Hablé entonces con él y le dije que buscaba a un hombre llamado Oyama,
quién, tenía referencias, era un karateca muy fuerte.
Me dijo que entrenaba con él.
También me advirtió que debía ser prudente,
que era un Dojo muy especial.
¨No basta con que quieras acercarte a ellos.
Son ellos quienes deben aceptarte.¨
Decidí ir igual y le pedí que me llevara.
En esos días Oyama estaba en América,
promoviendo el kyokushin.
Peleaba contra boxeadores, luchadores, etc.
Y tenía bastante repercusión entre la gente.
En ese momento, Sensei Kurasaki estaba al frente del Dojo.
Le dije que quería aprender karate y me contestó que no.
Que me sentara a un costado a mirar la clase.
Le dijeron a Donn Draeger que yo debía ir todos los días,
quedarme y observar sentado,
hasta que volviera Oyama.
Pregunté que pasaba si Oyama tardaba un año en volver.
¨Entonces esperarás un año¨ me respondieron.
Si faltaba a una de las clases no volvería más.
Fui todos los días.
Lo único que hacía era mirar. Nadie me hablaba.
Eran personas diferentes, muy educadas. Mucha cortesía.
Lo que no significa debilidad.
Había mucho respeto en el Dojo.
Se percibía algo especial en sus movimientos.
Yo me quejaba con Draeger: ¨hace un mes que espero¨.
Me respondían: ¨ese es tu problema. Ya sabes cuales son las reglas¨
Un mes y medio después llegó Oyama.
Era joven y de contextura muy fuerte.
Todo el mundo lo llamaba Sensei.
Nos miramos cuando pasó a mi lado,
pero siguió caminando sin dirigirme la palabra.
Luego de la clase,
con Draeger como traductor,
me hizo muchas preguntas:
cómo lo conocía, qué era lo que buscaba allí.
Le reportaron a Oyama que había estado mirando las clases.
Le detallaron el recorrido que había hecho por oriente.
El respondió que toda esa experiencia previa estaba bien,
pero que a partir de ese momento la olvidara;
lo que había aprendido me serviría,
pero en el futuro.
Ahora debía empezar de cero.
Me recordó las reglas de conducta y
me autorizó a empezar al día siguiente.
Al despedirme me llamó ¨kohai¨.
Es el rango inferior. ¨Soldado raso¨.
Todos los cinturones blancos llegábamos dos horas antes
para limpiar el piso y los baños, ordenar el templo.
En ese momento no había inodoros, eran retretes.
También debíamos mantener limpios los Gi de los Sempai.
Cuando ellos llegaran,
tenían que estar perfectamente limpios,
planchados y colgados en su lugar.
Nadie sabría quién había hecho el trabajo.
Hacerlo, era responsabilidad de todos los kohai.
Y si algo estaba mal,
era culpa de todos los kohai.
De esta forma fue que conocí a Sosai.

E.T.: ¿Qué lo decidió por Kyokushin?
H.S.A.:
La diferencia estaba en lo extremadamente estricto.
En la conducta y en la técnica.
También sucedía que muchos estilos querían unirme inmediatamente.
Aquí era al revés.
Ellos debían aceptarme a mí.
Era como un desafío personal.
No significaba que otros estilos fueran malos.
En cierta forma,
estaba relacionado con lo que yo había aprendido antes.
En ese momento desconocía por completo qué era Kyokushinkai.
Kyokushin es el estilo.
Kyokushinkai es la organización.
En ese momento, para mí, era simplemente Oyama.
E.T.: ¿Para esa época, kyokushin era un estilo definido o en formación?
H.S.A.:
Todavía estaba en una etapa de desarrollo.

Oyama sabía perfectamente lo que quería,
pero aún estaba desarrollándolo.

Piense que quienes estábamos allí en esos tiempos
éramos la primera generación de discípulos.

Oyama había entrenado previamente otros estilos
con distintos maestros, entre ellos, Funakoshi y Yamaguchi.

Pude incluso, ver entrenamientos entre Oyama y Yamaguchi.

En ese momento, recién empezaban a dividirse los caminos.

El estilo estaba en desarrollo.

Sosai Oyama estaba creando un karate
mucho más fuerte y estrictamente técnico.

Él era sumamente perfeccionista.

En general, el resto de los estilos concentraban sus esfuerzos
en difundir el karate en las universidades,
priorizando el aspecto deportivo.

Oyama era coreano.

Recibía influencias de distintos orígenes,
pero ejercía un control estricto.

Debíamos hacer lo que él nos decía.

No te preguntaba lo que pensabas.

Cualquier cosa que dijera había que hacerla.

Ni preguntas ni discusiones. Esas eran las reglas.

Y con ese criterio lo desarrolló.

Por ejemplo, podemos apreciar la influencia china
en que llamamos Pinam a los kata de esa línea.

Mientras que los japoneses los llaman Heian.

Pinam es una palabra china y Heian es una palabra japonesa.

También en la utilización de movimentos circulares.

Trabajamos mucho en círculo.

Otros estilos japoneses trabajan más los movimientos rectos.

Sosai consideraba que el círculo es absolutamente impenetrable.

El ventilador nos sirve de ejemplo.

Si va lento y pones un dedo, lo atraviesas.

Pero si gira rápido no hay forma de entrar.

Aplicado a Karate, si alguien se acerca no podrá tocarte.

La misma influencia vemos en Tensho,
cuyo origen chino se aprecia en sus movimientos.

También en Sanchín.

Ésta proviene del Goju okinawense y previamente de China.

Nuestro Sanchín se caracteriza por la postura de los pies,
por ser básicamente triángulos y puntos geométricos.

El de Goju es un pie derecho y otro a cuarenta y cinco grados.

No se trata de cual está bien y cual está mal.

Importa que se haga correctamente y fuerte para que funcione.

En nuestra kata Sanchín los puños están cerrados
pero no hay motivo que impida hacerla con manos abiertas,
como en Uechi Ryu.

En Sanchín, ejercitamos completamente los principios del Ibuki.
Nuestros katas tienen básicamente
los mismos movimientos que los de Shotokan y Goju Ryu.

La diferencia está en que nosotros trabajamos mucho
en movimientos circulares y caminamos recto.

Otros estilos caminan haciendo la media luna.

Y en otra kata específico, Seichín, cuando hacemos kiba dachi.

E.T.: ¿La forma de kumite deportivo que conocemos actualmente,
es la misma que se practicó en los comienzos,
o entonces se permitía el puño a la cara?
H.S.A.:
Al principio no estaba desarrollado el kumite deportivo.

Era Budo. Por eso cada vez que tenías que pelear en el Dojo,
era una pelea por tu vida.

Se podía golpear a la cara, a los genitales.

A consecuencia de esta modalidad, tengo el tabique roto.

Podíamos pegar de verdad y la idea era poner K.O. al oponente.

De esta forma peleamos hasta 1963.

Entonces sucedió que Bangkok desafió a Japón.

Ellos decían que los japoneses hablaban demasiado,
se iban en palabras.

Preguntaron qué grupo japonés aceptaba pelear con ellos,
con sus reglas.

Otros estilos se negaron:
Shotokan, Goju Ryu, Wado Ryu... nadie quería pelear.

Sosai preguntó si nosotros queríamos.
Todos dijimos que sí y él seleccionó a seis, a mi entre ellos.

No conocíamos las reglas pero estábamos acostumbrados a combatir.

La idea era noquear al oponente.

Los boxeadores thai nos decían que no podíamos golpear con mano desnuda,
y que debíamos usar guantes.

A desgano aceptamos utilizarlos y empezamos a entrenar.

Tadashi Nakamura y Fushi Hira fueron los dos que finalmente viajaron.

Los despedimos deseándoles lo mejor.

Poco sabíamos sobre lo que encontrarían allí.

No existían los videos.

Conocíamos que se peleaba sobre un ring,
que muchas técnicas eran similares a las nuestras.

Empezaron a llegar noticias. Decían que Tadashi Nakamura noqueó a todos.

Que Fushi Hiro también.

Los tailandeses estaban enojados porque el compromiso
había sido enviar tres luchadores.

Entonces Kurasaki que era el coach
y aunque era buen peleador
no había entrenado para este compromiso,
decidió pelear.

Sacó al primero sin problemas pero
el segundo le partió la nariz con el codo
y Kurasaki perdió.

Pero bueno, el resultado es anecdótico.

A la vuelta, los recibimos muy felices.
Tenían nuestro respeto y el de la gente de Muay Thai.

Pero el resto de la gente nos decía que estábamos todos locos.

En ese momento entendimos que si queríamos desarrollar el kyokushin,
ampliar su influencia, teníamos que hacer algunos cambios.

De lo contrario nos manteníamos en
un círculo selecto, muy pequeño.

Comenzamos a experimentar distintas variantes.

Incorporamos el sistema de knock down
pero seguía habiendo demasiada sangre,
demasiada técnica a la cara y muchos K.O.

Entendimos que no iba a funcionar.

Luego del primer Torneo Japonés fuimos al
primer Torneo Mundial del estilo.

Todavía se podía agarrar la cabeza y golpear con la rodilla.

Agarrar las chaquetas y golpear.

Por ejemplo,
se permitía tomar la cabeza para golpear con la rodilla
pero tomando sólo con una mano.

Tampoco funcionó.
El hospital se llenaba después de cada torneo.

Éramos gente inteligente tratando de encontrar la forma.

Sabíamos que lo que estábamos haciendo
era muy bueno como karate kenka, karate callejero.

Y decidimos seguir entrenando en el Dojo sin limitaciones.

Aunque sí, limitando las posibilidades en el kumite deportivo.

Entonces dijimos no más agarres;
no se permite golpear en los genitales ni en las articulaciones;
tampoco en la columna vertebral.

Para medir el poder de nuestra técnica,
empezamos con el tameshiwari:
Seiken tsuki, Shuto uchi, Empi uchi, Sokuto keri.

Se eliminaron todos los ataques con la mano
a la cara y a los puntos vitales.

Mucha gente piensa que lo único que
hacemos en kyokushin es golpearnos.

Y es totalmente erroneo.

Kyokushin es perfecto en kata, en técnica, en kihon.

Tenemos incluso un campeonato mundial específicamente de kata.

Yo mantengo en IFK las reglas que Sosai Oyama me enseñó.

E incorporamos un control médico muy estricto.

Antes y durante la competencia.

En kyokushin, peleamos de cuatro maneras diferentes.

Sin contacto, a marcación, con el sistema WUKO.
La segunda – Clicker – con el método de simple puntuación.
Se lo utiliza con los principiantes
como una introducción al sistema de knock down.
La tercera variante es contacto pleno.
Y por último se pelea kenka, callejero.

E.T.: ¿En la prueba de los cien combates
cuál de estas cuatro variantes tuvo que emplear?
H.S.A.:
No está permitido pegar en la cara o en las piernas.

Pero sí puede hacerlo quien está siendo sometido a la prueba.
En este caso, yo.

Ningún hombre puede aguantar cien combates si le pegan en las piernas.

Piense que enfrenta a cien adversarios frescos,
durante dos minutos y medio cada uno.

Estas son las reglas impuestas por Sosai Oyama,
para la prueba de los cien combates.

E.T.: Me interesaría saber si la experiencia Zen
fue un componente importante en la concepción que el maestro Oyama
tenía del karate y particularmente de kyokushin.
H.S.A.: Sí. Oyama hacía mucho zazen.

Él era muy profundo, muy estricto.

Pasó mucho tiempo solo en la montaña.

Le llevaban comida pero no estaba permitido hablarle.

Estuvo en un aislamiento total del mundo
durante todo ese tiempo.

Tenía un concepto maravilloso de lo que debía ser kyokushin.

Decía que en la vida existen toda clase de obstaculos
y hay que saber cómo enfrentarlos.

No se puede enfrentar un problema desconociendo
la forma de enfrentar los demás.

Yo me alejé del kyokushikai por problemas políticos
pero nunca dejé a Sosai.

Siempre fuimos muy cercanos.

E.T.: ¿Qué mensaje desea dejar al ambiente marcial argentino?
H.S.A.:
Que kyokushin es un estilo maravilloso.
No es simple ni fácil pero nada en la vida es fácil.

Si algo te interesa tienes que trabajar para lograrlo.

A cualquier edad. Entreno gente de ochenta años.
También no videntes.
Le he enseñado a gente con polio.

Si esta entrenando correctamente,
tiene tantas variantes para ofrecer.

Hay que entrenarlo, trabajarlo mucho e interiorizarlo.

Si sólo quiere sentirse bien o golpear una bolsa,
puede hacer aerobics o kick boxing.

Una vez que dejas de transpirar no te queda nada.

Pero en el kyokushin que yo enseño
– y lo hago tradicionalmente –
nunca se termina.

Cuando llegue a una edad avanzada
todavía querré hacer kyokushin.

Un poco más suave pero seguiré haciéndolo.

Esto es lo que la rama IFK de kyokushin puede ofrecer.

Pero principalmente, la comunicación mutua.

Fomentar la convivencia.

Y entendernos más allá de qué religión se profesa,
de la condición social o la raza.

Es lo que prometí a Sosai Oyama que continuaría haciendo.

Deseo que los instructores de Argentina
entrenen y difundan un kyokushin fuerte, sano.

Invitamos a los argentinos a que se acerquen.

Podemos enseñarles a desarrollar la mente,
a desarrollar carácter.

Enseñarles como trabajar con el cuerpo.

No tengo derecho a decir que un estilo es mejor que otro.
Cada uno elige lo que quiere.
Me considero afortunado porque trabajé
con todos los estilos y fui premiado como el mejor coach en 1975, en París.

Nunca diré aquel estilo o arte es malo.

Digo que kyokushin es bueno.

Para los practicantes en Argentina
quisiera que continuaran en la búsqueda.

Porque la vida cambia.

Cuando yo empecé karate no había Internet ni telefonía celular.

El mundo cambia y todos avanzamos con esos cambios.

Lo importante es que nunca olvidé de dónde vengo
ni cuáles son mis raíces.

Hoy la gente es diferente.

Nadie entrenaría como nosotros lo hicimos,
es imposible.

Hay excelentes instructores en Argentina
pero es importante que la gente no se conforme con las palabras.

Que utilice su capacidad crítica para encontrar un verdadero maestro.

Una escuela con tradición.




domingo, 28 de febrero de 2010

XXXI

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Con José Luis Casales,
pionero del Full Contact de Argentina
y el mejor competidor de su historia, a la fecha.

miércoles, 6 de enero de 2010

XXX

Pangainoon
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domingo, 20 de diciembre de 2009

XXIX

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Al término de una clase en la
Academia Budokan de Vale Tudo y Luta Livre Brasileira,
de Bs. As.
Con Mestre Carrizo Ortiz y alumnos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

XXVIII

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ETAPAS DEL ARTE DE COMBATE QUE
GENÉRICAMENTE DENOMINAMOS KARATE.

Contra toda lógica,
suele prevalecer la tendencia que analiza Karate de forma estática,
congelada, petrificada,
como si hubiese sido siempre lo mismo.

Por lo tanto, todas las otras etapas de su desarrollo,
serían desde ese punto de vista “frizado”,
alteraciones, algo así como degeneraciones del original.

En mi caso, prefiero ver Karate como una continuidad histórica,
influido fuertemente por el “aquí y ahora”,
es decir, por el momento y lugar en que se desarrolló.

Consecuentemente, lo analizo considerando cinco etapas de desarrollo:

• El Toudi;
• El Uchinadi;
• El Karate;
• El Karatedo;
• El Karatedo deportivo.



El Toudi no era otra cosa que el Wushu, con nombre okinawense.
Es como los okinawenses denominaban al arte marcial chino.
Es por ejemplo, la época de las 36 familias,
de los intercambios de estudiantes y funcionarios entre Ryu Kyu y el continente;
todo lo que sabemos de esa época y está suficientemente documentado.
Era principalmente practicado por la aristocracia de las Ryu Kyu,
por la policía y por los mandos militares.
Por eso el Chin Na era tan importante en esa etapa.
Porque principalmente se utilizaba el arte de combate contra delincuentes,
generalmente en incidentes individuales.
Conocer los puntos de kyusho,
era por lo tanto, de gran utilidad.

El Uchinadi ya es el Te okinawense, es decir,
ya es una combinación del Toudi –aggiornado al paladar uchinanchu- mas
(ya sea que haya existido realmente como sistema
o como una elementalísima variedad de
efectivas técnicas de combate cuerpo a cuerpo)
el método de combate “propio” de Okinawa y,
sumada a ellos,
la resultante de la influencia que sin lugar a dudas
deben haber tenido dos hechos históricos decisivos:
las guerras civiles uchinanchues por la unificación del archipiélago,
mas la resistencia de liberación nacional contra
el invasor Satsuma proveniente de Japón.
Es imposible pensar que dos hechos semejantes
no tuvieran influencia en la evolución del arte de combate
que se fraguaba en Okinawa.
De todas esas contingencias surge el Uchinadi,
que es el primer verdadero arte de combate okinawense.
Es la asimilación, la “okinawización” del arte de combate chino,
mas las técnicas y experiencias de combate de las Ryu Kyu
(Muchas de estas técnicas,
habían llegado al archipiélago a partir de los intercambios comerciales
que los isleños mantenían con los pueblos vecinos
como Japón, Corea, Tailandia, etc., además de China)
A partir del Uchinadi, todo lo chino comienza a ser relativizado técnicamente.
Incluso el Chin Na pasa a segundo plano,
porque en la batalla, ya sea contra un enemigo del mismo origen
–como pudo suceder durante las luchas civiles-,
o contra el invasor japonés, un Samurái, por ejemplo,
se requerían unas pocas técnicas letales,
al margen de cualquier sutileza.
En tales condiciones,
nadie intentaría encontrar el punto de Kyusho
a un enemigo que embestía armado,
estaba acorazado por la armadura
y muchas veces montado a caballo…
El Uchinadi no pretendía la estética sino la muerte.
En relación a la técnica,
era necesario disponer de “un cañonazo”,
ya fuera en el puño o en la patada.
Quizá como recurso complementario,
pudiera disponerse de algún objeto (un palo, el futuro bo)
o herramienta de trabajo (nunchaku, Kama, etc.)
Es decir, aquellos recursos primitivos que
derivarían en el Kobujutsu primero y en el Kobudo, después.

El Karate es la creación, principalmente, de Sensei Itosu.
A partir de la Restauración de Meiji,
Okinawa pasa a ser dominio definitivo de Japón.
La práctica clandestina llega a su fin
y se busca integrar el Uchinadi en el
sistema de educación civil (escuelas secundarias)
y militar (cuarteles y policía),
para formar jóvenes sanos, futuros soldados que contribuyan
a extender los dominios imperiales.
Japón piensa en la expansión por la guerra,
en busca del espacio vital.
Meiji, Taisho y Showa son tres eras marcadamente chovinistas.
Erróneamente se cree que fueron tiempos decadentes,
donde los temibles samuráis cedieron su protagonismo
a los a los débiles Meiji y posteriores, cuando en realidad,
nunca en su historia antes de Meiji,
Japón había tenido semejante vocación expansionista y guerrera
(Sobran ejemplos de las atrocidades que concretaron
desde entonces, contra otros pueblos)
La reformulación del Uchinadi en Karate,
será parte de esa necesidad.
De ahí la práctica grupal y la simplificación aún mayor de movimientos
–que ya había comenzado con el Uchinadi-,
decantados en técnicas directas,
fuera de toda sofisticación.
Era urgente volcar los mayores recursos disponibles
para formar mejores soldados que pelearan en las guerras de conquista.
El Karate, podía ser –y fue-, una herramienta útil, a ese fin.

Karatedo tiene que ver con O Sensei Funakoshi,
con la entrada de Karate a Japón y la intención de Funakoshi
(con la ayuda de Kano, padre del Judo)
de asimilar Karate a las Artes Marciales (Bugei) japonesas,
las que hacía mucho ya, habían reemplazado el Jutsu por el Do.
Ese cambio, de ninguna manera había significado
reblandecer las distintas Bugei.
En el caso de Karatedo, Funakoshi ciertamente fue un probado pacifista,
un espíritu superior.
No obstante, buena parte de la vieja guardia de sus alumnos,
marcharon a la guerra como voluntarios.
Nunca como entonces Japón conoció un
espíritu nacional más beligerante, Karatecas incluidos.

Sabemos que las consecuencias de esas políticas las pagó todo Japón
(Hiroshima y Nagasaki, bombas atómicas arrojadas sobre población indefensa
por los muy “democráticos” americanos,
con la complicidad de sus –tan democráticos como ellos-, aliados)
incluida Okinawa (Batalla de Okinawa,
con más de 100. 000 muertos,
instalación de bases militares americanas permanentes,
reparaciones -tributos- de guerra, etc.)

Perdida la guerra, Japón se propone y logra, integrarse
como “ciudadanos del mundo”,
“pro occidentales y democráticos”,
racionales y pacíficos.
Toda reminiscencia marcial,
alusión a violencia y similares,
será desechada de raíz, tajantemente descartada.

De ese obligado y –convengamos- preferible espíritu pacificista y no violento,
nace el Karatedo deportivo
(que incluirá su comercialización);
de la impostergable necesidad de mostrarse al mundo
como seres enteramente civilizados.
FAJKO, luego WUKO, hoy WKF serán los instrumentos del karatedo deportivo.
Paralelamente, otros interpretarán el fenómeno deportivo
como no necesariamente ajeno al Budo.
Tales los casos del Oyama Karate Kyokushinkai y
Kudo Daido Juku Karate de Azuma Takashi.
Pero más allá de los diferentes criterios
(más duros o mas light),
habiendo reglamentos de por medio,
siempre se estará hablando de Karatedo deportivo.

-Takashi Azuma, fundador en 1981 de
Kudo: Daido Juku Karate -

La pregunta ¿Qué es Karate? encierra en sí misma
un tema complicado.
Se requiere amplitud de criterio,
ser muy honesto para reconocer que lo que
cada uno de nosotros practica
es simplemente lo que uno desea practicar.
Que en ese sentido,
karate es como un tren en el que cada uno sube y baja en una estación,
según sus necesidades.
Y no pretender hacer pasar por exclusivo,
auténtico, tradicional,
algo que solo es una variante más –la que uno eligió-,
del arte de combate que nació en China,
pasó por Okinawa y Japón,
y desembarcó mucho después en Occidente.

Por ejemplo,
muchos insisten en afirmar que practican karate tradicional
¿Cuál sería ese karate tradicional?
Como muy lejano en el tiempo,
el que enseñó Itosu,
ya que nadie seriamente puede hoy sostener
que practica Uchinadi o Toudi,
ambos definitivamente extintos.

¿Qué llegó a nosotros del Karate de Itosu?
Además de algunos breves escritos,
absolutamente insuficientes para teorizar un sistema,
los katas que modificó y difundió.
Solamente.
Los análisis, las interpretaciones que de
ese legado se hicieron posteriormente y hasta la actualidad,
son producto, en el mejor de los casos, de sus alumnos y,
ya más acá en el tiempo,
de alumnos, de alumnos, de alumnos, de sus alumnos…
A esta altura,
no será válido e incluso harto prudente preguntarse
si no estaremos practicando solo la cáscara,
lo exterior, de lo que pudo haber enseñado Sensei Itosu
hasta las primeras décadas del siglo XX.

Es completamente legítimo intentar
trazar una filiación histórica lo más rigurosa posible.
Pero para conocer las raíces, no para congelarse allí.
Tomar de la tradición, aquello vigente.
Y seguir desarrollando Karate, evolucionando.
Tradición y evolución, deben ir juntas, para no estancarse.

Los pueblos y culturas seguros de sí mismos,
asimilan, “digieren” lo universal, para recrear lo propio.
Por ejemplo, cuando el Budismo llegó a China desde India,
hubo dos posturas.
Una, la que podríamos calificar de Budismo en China que era,
simplemente,
el Budismo de India, pero en China.
Una reproducción, nada más.
La otra, posterior, el Budismo Chino,
es decir, la asimilación del Budismo a la tradición china,
sintetizándolo con el Taoísmo y el Confucionismo.
Nació así el Ch´an.

Cuando los japoneses incursionaron en el Ch´an,
lo asimilaron, lo procesaron.
Nació el Zen, que no era estrictamente, el Ch´an.

No se puede copiar todo el tiempo y menos,
aspectos anacrónicos que ya no tienen sentido,
porque fueron superados por la evolución.

Recordemos que en 2009,
Karate cumplió 50 años en Argentina,
es decir, hace mucho tiempo que alcanzó
la mayoría de edad.
Sería importante entonces
que se pudiera comenzar a pensar el arte de combate,
como un camino de vida,
como un sistema de autodefensa personal real, callejera,
y como un moderno deporte de combate.

viernes, 20 de noviembre de 2009

XXVII

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ARTES DE COMBATE:
LO QUE VA DE AYER A HOY
Una noche, cenábamos en un
restaurante de Buenos Aires
con mi mujer y unos amigos suyos
de la Universidad.
Profesionales ambos,
Licenciada en Ciencias de la Educación y psicólogo.

En un momento,
ella preguntó acerca de mi trabajo.
Dije: "Periodista".
Quisieron saber más.
"Soy Director Editorial de una revista especializada
en Artes Marciales Tradicionales y Modernas", agregué.

Puedo todavía recordar su reacción
de indisimulado asombro.
Gente culta, era incomprensible para ellos
que alguien a quien también
valoraban como tal,
pudiera dedicarse a "eso".

Se entiende. El común de la gente suele conocer
de las Artes de Combate,
principalmente lo que difunden el cine,
los video juegos y los juegos para computadora.
Nada de su verdadera tradición y espíritu.

La difusión masiva de las Artes de Combate orientales
en occidente desde la posguerra -1945-,
tuvo innegablemente muchos aspectos positivos
que deben ser justamente valorados.
Pero no menos cierto es que paralelamente
fueron perdiendo, al menos en parte, muchos de sus
contenidos y postulados originales.
Hasta cierto punto, era de esperar.
No era igual difundirlas en su lugar de origen,
donde las practicaban aquéllos
que las habían visto nacer y desarrollarse,
y podían entender con un simple gesto o movimiento,
que llevarlas a todo el mundo
para que fueran practicadas
por pueblos con una cultura escasamente afín a éstas.
A las dificultades de orden cultural,
se sumaba además la insuficiencia de
recursos humanos idóneos como
para hacer frente a toda la demanda.

Merece ser destacado que,
las Artes de Combate orientales,
fueron inicialmente difundidas en Occidente
entre pueblos que,
o bien tenían una tradición cultural propia de siglos,
como los europeos,
o bien se consideraban a sí mismos el centro del universo,
como los norteamericanos.
Ambos, europeos y estadounidenses,
venían de derrotar militarmente al Japón
en la Gran Guerra
(las Artes de Combate japonesas fueron
las primeras en difundirse a gran escala en Occidente)
¿Qué podían aportar los vencidos
a su rica tradición espiritual?,
se preguntaban quienes,
circunstancialmente junto a Stalin –ese siniestro oso ruso-,
se habían convertido en los nuevos amos del mundo.

Inicialmente, los militares que integraban las fuerzas de ocupación,
dudaban de la utilidad que las Artes de Combate orientales
podían tener para la defensa personal y la formación del soldado.


No obstante, algunos significativos incidentes
que tuvieron como protagonistas
a elementos de la fuerza de ocupación,
y a ciudadanos japoneses, como asimismo,
descubrimientos que la inteligencia militar aliada
fue haciendo de las distintas Bugei (Artes Marciales)
convencieron a las autoridades norteamericanas
de la necesidad de profundizar en
el conocimiento de esas Artes de Combate.

Muchos de los primeros difusores en Occidente
de las Artes de Combate orientales,
fueron aquellos militares -de todas las jerarquías- que,
de regreso a su patria,
transmitieron los conocimientos
que habían adquirido
durante su destino militar en Oriente,
particularmente en Japón (incluida por supuesto Okinawa),
pero también China, Corea, Tailandia, Filipinas,
entre otros países.

Poco después, fueron radicándose en Europa y América del Norte
los primeros maestros orientales,
quienes habrían de convertirse en los pioneros
de las distintas disciplinas marciales.
Para ellos, la barrera idiomática fue un primer e insalvable obstáculo,
nunca del todo superado.
Si en sus lugares de origen,
bastaba con mostrar el Arte y hablar sólo lo estrictamente necesario,
de este lado del planeta,
la cuestión era infinitamente más complicada.
Especialmente, porque a decir de Nakayama Sensei:
"Los americanos y europeos no dejaban nunca de preguntar.
¿Por qué esto? ¿Por qué aquello?
¿Por qué pongo el puño así y no de esta otra forma?
Cuestionaban todo".

¿Y en América Latina?
¿Cómo fueron introducidas las Artes de Combate?
Una historia detallada está aún por escribirse.
Sí sabemos, que los primeros Maestros orientales
llegaban escapando de la inminente guerra,
o posteriormente, de sus tremendos efectos.
La reconstrucción del Japón,
efectivamente instrumentada por Estados Unidos,
no fue por eso menos traumática
y muchos ciudadanos nipones optaron por emigrar.

A diferencia de Europa y Estados Unidos,
donde encontraron pueblos asumidos como protagonistas
o líderes mundiales,
en nuestras tierras conocieron un pueblo en general dócil
-y aun con excepciones-,
más acostumbrado a someterse,
que a sostener su propia identidad ante extranjeros.

A pesar de sus antecedentes históricos y culturales,
América Latina rara vez mostró coherencia interna;
más bien se presentó hacia afuera
como una dispar convivencia de voluntades y espíritus.
Esta debilidad muchas veces se expresa en su gente
y suele ser fácilmente percibida desde el exterior,
como una invitación al avasallamiento.

Si en Europa y Estados Unidos,
los Maestros orientales se encontraron haciendo frente
a personas y cuestiones conflictivas,
en América Latina en cambio,
fueron casi indiscriminadamente reverenciados.
Muchos de los primeros Maestros orientales
que difundieron las distintas disciplinas,
eran indudablemente buenas personas,
moralmente honestos y técnicamente idóneos.
Algunos de ellos, eran además, verdaderamente sabios.
Pero los había también sumamente limitados.

Según esas diferentes cualidades personales,
se dirigieron a sus alumnos,
los naturales de la tierra,
o con sincera humildad y genuina vocación docente,
o con un autoritarismo y verticalidad incuestionables,
muy propios de mentalidades débiles.
La elemental excusa de las dificultades idiomáticas,
no puede aplicarse en estos casos para justificarlos.

"Shun Matsubara,
uno de los Maestros japoneses
pioneros del Judo en Argentina,
era vecino de Villa Celina.
Hombre valorado
-también por su serena y respetuosa personalidad-
lo era especialmente por su real condición
de Maestro del Budo,
esa combinación de sabiduría y fortaleza física y mental
que puede percibirse por pura presencia, mas allá de las palabras.

Nosotros éramos por entonces jóvenes revoltosos que,
de acuerdo a los códigos en uso, funcionábamos en "barra".
Barrio de monobloques con grandes espacios libres
en su planta baja,
solíamos juntarnos allí a jugar fútbol y disfrutar
de todas las actividades propias de
cualquier "horda adolescente"
Muchas veces,
las -ahora entiendo que justificadas-
quejas de los vecinos se hacían sentir.
Éramos realmente insoportables,
pero en el único sentido de molestos,
sólo en ese.
Principalmente porque en las noches de verano,
cuando estábamos de vacaciones por el receso escolar,
permanecíamos reunidos allí durante la madrugada.
Y el barrio, claro está, no dormía.
A cada monobloque se podía acceder
por cuatro entradas diferentes dispuestas en línea
y separadas entre sí unos 20 metros.
El Maestro vivía en la segunda.
Nosotros parábamos indistintamente
en cualquiera de las otras tres.
Nunca lo hicimos debajo de la línea de ventanas
que llegaba hasta su departamento.
No por temor.
Ni siquiera era algo
conversado entre nosotros.
Creo que simplemente todos intuíamos
que molestarlo, era ofender a un hombre insigne.
Lo respetábamos instintivamente,
con total naturalidad.
Lo sentíamos especial,
portador de una autoridad
que emanaba del mérito.
Ese hombre
-como muchos de sus connacionales-
de pequeña talla física;
referente de una cultura exótica
y una tradición marcial escasamente difundida,
sin palabras, solo siendo sabio y fuerte, educaba"
Durante los primeros años,
aquellos Maestros que de verdad lo eran,
se ocuparon de difundir las Artes de Combate,
haciendo frente a todas las dificultades,
principalmente las de orden cultural e idiomático,
pero también las económicas.
Casi siempre contaron con la entusiasta colaboración
de sus primeros alumnos/discípulos,
quienes luego se convertirían en la
primera "horneada" autóctona de instructores.
En general, la práctica asentaba principalmente
en la técnica (su repetición hasta el infinito),
como un método para alcanzar
la perfección y la resistencia física y mental.
El entrenamiento era ciertamente duro;
muchas veces hasta el límite de lo humano.
Salvo en el Judo, el criterio deportivo no existía.
Se trabajaba para convertir el cuerpo en un arma.
Paralelamente eran asimiladas
-principalmente copiando y repitiendo-
nociones elementales de cultura oriental,
particularmente aquellas referidas
a la etiqueta en el dojo.
Esta situación se mantuvo casi inalterada
durante décadas.
Con los años, comenzaron a disputarse los primeros torneos,
utilizando reglamentaciones particulares
para cada disciplina,
aunque todas intentaban preservar la pureza técnica,
y limitar la variedad de las mismas
a aquéllas cuya ejecución fuera compatible
con un estricto autocontrol.
Lentamente, más y más adeptos se fueron incorporando
a la práctica de las distintas Artes de Combate.
Y por supuesto, algunas
se extendieron más rápidamente que otras.

Hasta aquí las Artes de Combate bien podían ser consideradas
como sistemas de educación psicofísica,
basados en la práctica constante de contundentes
(a veces letales) técnicas de autodefensa
con o sin armas.
En algunos casos, eran también disciplinas
formativas de una personalidad ética.

En algún momento de su difusión,
las Artes de Combate
mundialmente consideradas,
"explotaron".
De pronto, mucha gente
comenzó a interesarse en ellas.
Los medios se hicieron eco de ese interés
y lo devolvieron multiplicado y especialmente desvirtuado,
en revistas, libros, TV, cine;
más tarde, en videos, video juegos,
juegos para computadora, a través de los cuales
se instrumentó un negocio planetario.
Claro que el interés de la gente existía.
Nadie puede inventar,
mucho menos sostener en el tiempo,
semejante iniciativa.
Pero enfrentados a un crecimiento legítimo de
las escuelas y artes tradicionales,
como resultado del verdadero interés
de muchos por practicar,
de la noche a la mañana surgieron
"calificados Maestros",
graduaciones insólitas,
nuevas "Artes Marciales"...

Se generalizó a través de los medios
una difusión que desvirtuaba hasta lo patético
los fundamentos de las distintas Artes de Combate orientales.

Progresivamente, muchos -no todos- entre aquéllos
que se habían acercado a practicarlas
iniciando una búsqueda personal,
un camino de vida,
se fueron decepcionando y las abandonaron.

No obstante, consideradas en términos estrictamente cuantitativos,
las distintas especialidades fueron creciendo,
sumando más y más adeptos a sus filas
en todo el mundo, hasta ser millones.

Los medios siguieron siendo
muy importantes, a estos efectos.

Aunque muchas escuelas y artes tradicionales
continuaron fieles a sus orígenes
(no me refiero aquí a la técnica sino al Do,
a mantenerse como verdaderas "escuelas de vida"),
aun dentro de las mismas
se produjeron divisiones,
aunque muchas veces utilizaron los mismos nombres
con algún agregado,
o se crearon estilos "libres"
y nuevas disciplinas.

Básicamente, todos se proponían difundir de forma masiva,
aprovechando el creciente interés de la gente
en las Artes de Combate,
su propio o ya impuesto sistema,
a veces efectivo para la defensa personal,
otras veces no tanto.
Casi siempre teniendo la competencia deportiva
como el principal, si no excluyente objetivo,
y manteniendo, al menos en principio,
la indumentaria y especialmente,
el sistema de graduaciones,
propios de las disciplinas tradicionales.

En síntesis, las Artes de Combate orientales
vivieron una suerte de "aggiornamiento",
una adecuación a lo que la mayoría
de sus referentes consideraron
que era la demanda del momento.
Muchos de ellos impulsaron estos cambios
genuinamente convencidos,
con total honestidad.
Hubo también quienes los acompañaron
por simple ignorancia,
porque "todos iban para allá".
Y hubo finalmente quienes vislumbraron
en el futuro inmediato un negocio comercial
de verdaderas proporciones.

Desde entonces, el común de la gente pasó a identificar
a las Artes de Combate orientales
con estos sistemas y modalidad de enseñanza,
a tal punto que la mayoría de los padres
que son consultados respecto de las motivaciones
por las cuales envían a sus hijos a entrenar,
generalmente responden:
"Para que sepa defenderse y aprenda disciplina".

Producto de la inseguridad reinante,
la preocupación de los padres porque sus hijos
aprendan a defenderse, aparece como prioritaria.

Producto de la propia confusión existencial
de los padres, respecto de lo que significa educar,
la preocupación por disciplinarlos
(en realidad, domesticarlos)
se torna para ellos urgente,
mas bien desesperante.

Pero las Artes de Combate,
son sistemas que van mucho más allá
de la mera autodefensa y el amansamiento de los sujetos.
Requieren ineludiblemente de una práctica efectiva,
podríamos llamarla contundente.
Pero esencialmente, las artes de combate
son o deberían ser "Escuelas de Vida",
espacios de autoconocimiento,
afirmación de la personalidad
y construcción de aquellos valores humanos universales
que hacen la formación de
personas honestas, y ciudadanos responsables
y atentos a las necesidades del prójimo.
Es responsabilidad de quienes las practicamos
y difundimos idónea, honesta y profesionalmente,
contribuir a posicionarlas nuevamente,
en el lugar que deben genuinamente ocupar.